El arte de vivir el Omer

por Naftali Posada

El Ómer no pide grandeza, te pide constancia. No exige perfección, sino atención.

Cada mañana abre una posibilidad silenciosa: la de no repetir exactamente el día anterior. No hace falta transformar toda una vida en una jornada, basta con elegir un hilo, uno solo, y no soltarlo: es ser un poco más paciente donde antes hubo prisa. No necesitas abarcar todo. Solo una dirección:

– Ser más paciente.

– Hablar con más suavidad

– Dar sin esperar.

– Escuchar mejor.

Es como sembrar una semilla cada vez que se va contando. Al caer la noche, el día no se cierra…Se recoge. No como un juez que dicta sentencia, sino como un artesano que examina su obra:

¿ Dónde actué hoy mejor que ayer?

¿ Dónde reaccioné sin pensar?

¿ Qué situación me enseñó algo hoy?

Esto debe hacerse sin culpa, sin señalarse, solo con la verdad. Esta revisión no es para castigarse, sino para comprender mi propio trazo. Y entre la mañana y la noche se va tejiendo algo que no siempre se ve de inmediato., es una forma más refinada de estar en el mundo. Es una interioridad más despierta y un corazón que poco a poco, aprende a responder en lugar de solo reaccionar.

El Ómer, entonces, no es una cuenta de días, es una manera de habitar el tiempo. Y quien lo recorre con atención, descubre que al final del camino – al llegar Shavuot- no es el mismo que comenzó.

El Ómer no solo se camina…se espera día tras día, el alma se va afinando no solo para mejorar, sino para estar a la altura del encuentro.

Porque llegar a Shavuot no es alcanzar una fecha, es poder recibir. Ser una vasija dispuesta. La Torá no desciende sobre la prisa, al contrario, sobre el que aprendió a hacer un espacio.

EL DÍA 33, EL FUEGO QUE TRANSFORMA

Y en medio de éste camino del Ómer ascendente, aparece el día 33, como una luz que no sigue del todo el ritmo del resto de los días.

Lag BaÓmer no interrumpe el proceso… lo revela: Es el día en que cesó la muerte entre los alumnos de Rabi Akiva, una generación brillante que, sin embargo, no supo honrarse mutuamente.

La tradición no lo recuerda solo como una tragedia, sino como una enseñanza. Ellos no murieron por falta de conocimiento, sino por una fisura en el corazón. Y esa enseñanza queda suspendida en el aire del Ómer como una advertencia

silenciosa. Pero ese mismo día arde el alma con otra luz. Como si en medio del duelo se encendiera una llama. Es un día en que el camino respira, en que el peso se aligera y una alegría distinta – más profunda y más callada-  se abre paso. Después el conteo continúa . Pero quien atraviesa ese día ya no camina de la misma manera. Porque ha aprendido que la verdadera preparación no es individual, sino compartida. Y que el alma no se eleva en aislamiento, sino en la capacidad de reconocer, honrar y sostener a otros. Hasta que finalmente llega a Shavuot y no es el hombre el que alcanza la Torá.

Es la Torá la que encuentra un lugar donde habitar.

AM ISRAEL JAIM.

Raquel
Raquel

Soy Raquel Anabel Uscalovsky Charlson, periodista integral, realicé especialización en periodismo de espectáculos y deportivo. Además, estudié diseño web entre otras cosas relacionadas con periodismo e informática.

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