El reencuentro que nos devolvió el aire

Por Rajel Uscalovsky Charlson

Este regreso llega distinto.
Hace unas semanas volvimos a Israel solo una parte de nosotros: mi esposo, nuestro bebé de un año, mi mamá y yo. Volvimos con las valijas llenas, pero el corazón dividido. Porque la otra mitad de la familia seguía lejos, atrapada en una espera interminable, mirando el calendario con la esperanza de que finalmente llegara el día de volver a casa.

Y aunque cada uno de nosotros vive en su propia casa, en su propio barrio, la ausencia se sentía igual. No hacía falta compartir techo para sentir que faltaba algo. Faltaban ellos en el mismo país, en la misma tierra, bajo el mismo cielo. Faltaba la posibilidad de vernos cuando quisiéramos, de visitarnos sin un océano de por medio, de saber que estábamos cerca de verdad.

Mientras tanto, acá la vida seguía en un equilibrio extraño.
Una guerra que no termina, pero que por momentos parece suspenderse.
Un silencio tenso, pero más liviano que antes.
Una rutina que intenta reconstruirse, paso a paso, como quien vuelve a aprender a caminar después de un temblor.

En ese contexto, cada día sin ellos pesaba un poco más.
La distancia no se mide en kilómetros, sino en la imposibilidad de compartir lo cotidiano: un café improvisado, una sobremesa larga, un “pasá un rato”. Eso es lo que más se extraña cuando la familia está lejos.

Hasta que, por fin, empezó a suceder.

Primero llegó una parte de la familia la semana pasada. Y de repente, aunque cada uno volvió a su casa, Israel se sintió más lleno. Más vivo. Más nuestro.
Y esta semana llegó el resto. Como si la vida hubiera decidido que ya era suficiente espera, suficiente angustia, suficiente distancia.

Y lo más increíble es que la última parte de la familia volvió justo para Iom Haatzmaut.
Como si la historia quisiera regalarnos un símbolo perfecto: reencontrarnos en el día que celebra la existencia misma de este país, la libertad, la identidad, la resiliencia. Un día que habla de renacer, de volver a empezar, de seguir adelante incluso cuando todo parece incierto.

No fue solo un reencuentro. Fue una reparación.
Una puntada que volvió a unir lo que la distancia había deshilachado.
Una respiración profunda después de meses de aire entrecortado.

Hoy estamos todos en Israel.
Cada uno en su casa, sí. Pero cerca. Cerca de verdad.
Cerca como no se puede estar cuando hay océanos de por medio.

Y eso cambia el color de los días, el sonido de la vida, la forma en que miramos hacia adelante.

Volvemos de a poco a la normalidad, pero no a la normalidad de antes.
A una nueva, más consciente, más agradecida, más fuerte.
Porque después de tanto miedo, tanta espera y tanta distancia, estar juntos no es algo que damos por hecho. Es un regalo.

Y en medio de todo —la guerra en pausa, la vida retomando su ritmo, el país celebrando su independencia— nosotros celebramos lo más simple y lo más profundo: la familia reunida. La vida que insiste. El amor que vuelve a encontrarse.


Raquel
Raquel

Soy Raquel Anabel Uscalovsky Charlson, periodista integral, realicé especialización en periodismo de espectáculos y deportivo. Además, estudié diseño web entre otras cosas relacionadas con periodismo e informática.

Artículos: 34

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *