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Por Rajel Uscalovsky Charlson
Hace unos días, mi bebé cumplió su primer año. Un año intenso, lleno de noches difíciles en las que casi no dormimos, de días de cansancio y de momentos en los que parecía que no íbamos a poder más. Pero también un año de descubrimientos, de primeras sonrisas, de balbuceos que se transformaron en palabras, de manitos que se aferran para dar pasos tambaleantes, de carcajadas que iluminan todo.
Este tiempo nos enseñó que la maternidad y la paternidad son fuerza y ternura al mismo tiempo. Que cada logro de nuestro hijo —desde aprender a sentarse, gatear, señalar, hasta intentar caminar— es un recordatorio de que la vida se construye paso a paso.
Vinimos a Argentina hace un mes atrás, para un evento familiar, la guerra en Israel nos dejó varados.
Y en este último mes, inesperado y difícil, también nos regaló algo único: la oportunidad de que el papá se acerque más a su hijo. En Israel, el trabajo lo mantenía ocupado gran parte del día; aquí, varados en Argentina, pudo estar presente en cada juego, en cada abrazo, en cada despertar. Verlos juntos, compartiendo tiempo, fue un regalo dentro de la incertidumbre.
Vivimos momentos duros, sí. La guerra nos dejó lejos de casa, extrañando nuestra rutina y nuestra vida en Israel. Pero también vivimos momentos alegres, rodeados de familia, celebrando el primer cumpleaños de nuestro hijo con abrazos que nos sostienen y nos recuerdan que, incluso en medio de la tormenta, el amor es nuestro refugio más seguro.
Hoy miro hacia atrás y siento orgullo. Orgullo por mi bebé, por mi esposo, por nosotros. Orgullo por haber transitado este año con resiliencia y esperanza. Porque, aunque estemos varados, estamos juntos. Y eso lo cambia todo.



