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por Rajel Uscalovsky Charlson
En este podscast hablamos entre otras cosas de Purim desde un lugar distinto. No desde el disfraz, ni desde el ruido, ni desde la fiesta externa. Hoy quiero que entremos juntos en un Purim que se siente… no que se explica. Un Purim que se parece a la maternidad y a la paternidad: lleno de misterios, de silencios, de revelaciones… y de amor.”
La mascara que llevamos los adultos: La Meguilá nos cuenta que Ester ocultó su identidad.
Que vivió detrás de una máscara para sobrevivir. Y pienso… cuántas veces hacemos lo mismo como madres y padres. Cuántas veces escondemos el cansancio, la duda, el miedo,
la sensación de no saber si lo estamos haciendo bien. Nos ponemos la máscara de ‘todo está bien.
LA VOZ DEL BEBÉ:
“Yo no sé de máscaras. No sé de decretos. No sé de peligros.
Solo sé de tu olor, de tu voz, de tus brazos. Sé cuando estás triste. Sé cuando estás cansada.
Sé cuando necesitas que yo también te abrace… aunque sea con mis manos pequeñitas.”
La maternidad y la paternidad como revelación:
“Cuando nace un bebé, nace también una madre. Nace un padre. Nace una identidad que no estaba escrita en ningún libro. Una identidad que se revela en la práctica, en el abrazo,
en la noche sin dormir, en el llanto que calmamos, en la sonrisa que nos rescata.” “La maternidad y la paternidad son un Purim constante:
una mezcla de caos y milagro, de ruido y silencio, de incertidumbre y luz.”
El paralelismo entre Ester y los padres:
“Ester tuvo miedo.
Tuvo dudas.
Tuvo silencios.
Pero también tuvo un momento de revelación.
Un momento en el que entendió que su voz podía cambiar un destino.”
“Los padres también tenemos esos momentos.
Momentos en los que, aun con miedo, seguimos adelante.
Momentos en los que sostenemos a un bebé a las tres de la mañana y pensamos:
‘No sé cómo, pero puedo.’
Momentos en los que descubrimos que el amor es más fuerte que el cansancio.”
“Hoy, en este Purim, te invito a mirarte con más compasión.
A quitarte una máscara.
A permitirte ser humana, ser humano.
A recordar que tus hijos no necesitan héroes… necesitan presencia.
Necesitan brazos que sostengan, voces que calmen, miradas que abracen.”
“Que este Purim te encuentre con más verdad y menos exigencia.
Con más paciencia para tus hijos… y más paciencia para ti.
Con más luz en tu hogar,
y más revelación en tu corazón.”
LA VOZ DEL BEBÉ:
“Yo soy tu Purim.
Soy tu revelación.
Soy tu luz.
Y aunque aún no pueda hablar…
mi alma ya te dice:
‘Gracias por ser mi mamá.
Gracias por ser mi papá.
Gracias por elegirme cada día.’”
Por otro lado hicimos viajes especiales:
Hay ciudades que se visitan…
y hay ciudades que se transmiten.
Jerusalén es una de esas ciudades que no se explican con datos, ni con mapas, ni con historia. Jerusalén se explica con el alma.
Y cuando una madre y un padre caminan por Jerusalén con su bebé de un año en brazos, la ciudad se vuelve un espejo de la vida familiar.
Cada piedra habla de herencia.
Cada calle enseña paciencia.
Cada vista abre futuro.
Cada silencio contiene fe.
Hoy vamos a recorrer Jerusalén desde ese lugar íntimo y sagrado:
el de una familia judía que acompaña a un bebé en su primer encuentro con la ciudad eterna.
Un bebé que no entiende las palabras… pero sí entiende el amor, la presencia, el ritmo del corazón de sus padres.
JERUSALÉN PARA MADRES, PADRES Y UN BEBÉ DE 1 AÑO
- El Kotel — El corazón espiritual que sostiene a la familia
Una madre apoya la mano en la piedra tibia.
Un padre sostiene al bebé contra su pecho.
El bebé mira, toca, respira.
Y en ese instante, el Kotel se convierte en una metáfora perfecta del judaísmo:
un muro que sostiene, que escucha, que acompaña.
Como los padres sostienen a su hijo.
Como el hijo, sin saberlo, sostiene el sentido de la vida de sus padres.
El judaísmo empieza ahí:
en un vínculo que se transmite de generación en generación.
- La Ciudad Vieja — El laberinto donde la familia aprende a caminar junta
Las callecitas angostas obligan a ir despacio.
Como la crianza.
La madre guía.
El padre observa.
El bebé señala con su dedito algo que solo él ve.
Y la familia descubre que caminar juntos es un acto espiritual.
Que el judaísmo también es eso:
acompañar, paso a paso, sin apuro.
- El Barrio Judío — La identidad que se siembra en brazos
En el Barrio Judío, las mezuzot marcan cada puerta.
Las voces de estudio se mezclan con risas de niños.
El aroma del pan de Shabat sale de las casas.
Una madre siente que está sembrando raíces.
Un padre siente que está construyendo continuidad.
El bebé, aunque no entienda, absorbe pertenencia.
El judaísmo se transmite así:
en brazos, en canciones, en gestos cotidianos.
- La Sinagoga Hurva — La resiliencia que la maternidad y la paternidad conocen bien
La Hurva cayó, se levantó, volvió a caer…
y volvió a levantarse.
Como una madre que se despierta tres veces en la noche.
Como un padre que llega cansado y aun así juega.
Como una familia que se reinventa cada día.
El judaísmo enseña que no existe caída definitiva.
Solo nuevos comienzos.
- La Ciudad de David — El origen que la familia reconoce en su bebé
Allí, donde vivió el rey David,
una madre y un padre sienten la fuerza del origen.
El bebé en brazos es la prueba viva de que la historia continúa.
Cada piedra antigua les dice:
“Ustedes también están escribiendo un capítulo del pueblo judío.”
- El Túnel de Ezequías — El trabajo invisible que sostiene a la familia
Dos grupos cavaron desde extremos opuestos…
y se encontraron en el medio.
Así es la crianza:
la madre desde un lado,
el padre desde el otro,
cada uno haciendo su parte,
a veces sin verse,
a veces sin decirlo,
pero siempre encontrándose en el centro:
el bebé.
El judaísmo valora ese trabajo silencioso, constante, amoroso.
VIsitamos mas lugares pero tenes que escuchar, el enlace esta al final de todo el texto
También
Vamos a caminar por una ciudad que vibra, que respira, que se mueve como un corazón inquieto. Una ciudad que nunca duerme del todo, pero que sabe abrazar cuando hace falta.
Hoy vamos a recorrer Tel Aviv, pero no la Tel Aviv de los folletos turísticos ni la de los titulares.
Vamos a recorrer la Tel Aviv que se descubre cuando uno se convierte en mamá o papá, cuando la vida se vuelve más frágil y más intensa, cuando un bebé de un año te cambia el ritmo, el pulso, la mirada.
Y en ese viaje, inevitablemente, aparece algo más profundo:
el judaísmo.
No como teoría, no como libro, no como obligación.
Sino como una presencia suave, cotidiana, que se cuela en los gestos, en las calles, en los aromas, en las canciones que uno tararea sin darse cuenta.
Así que ajusten el volumen, acomódense, y déjense llevar.
Porque hoy, Tel Aviv se convierte en un escenario donde la maternidad y la paternidad se viven con todos los sentidos.
Algunos lugares que contamos:
- El Tayelet: el mar que acompaña a criar
Empecemos por el Tayelet, ese paseo costero donde el Mediterráneo se estira como un espejo infinito.
Ahí, entre el sonido de las olas y el olor a sal, se ven escenas que solo esta ciudad puede ofrecer:
padres y madres empujando cochecitos, bebés que señalan gaviotas con dedos torpes, familias que se detienen a mirar el horizonte como si fuera una promesa.
Un bebé de un año mira el mar como si fuera un descubrimiento arqueológico.
Y uno, como adulto, vuelve a mirar el mar a través de esos ojos nuevos.
En el Tayelet, la maternidad y la paternidad se sienten acompañadas.
El viento te despeina, sí, pero también te recuerda que criar es un movimiento constante: avanzar, detenerse, volver a empezar.
Y en ese vaivén, uno entiende que el mar también es un maestro.
- Shuk HaCarmel: el caos que enseña a respirar
Del mar pasamos al Shuk HaCarmel, donde la vida explota en colores, voces y aromas.
Ahí, entre montañas de especias, frutas brillantes y vendedores que gritan ofertas con una energía casi teatral, uno aprende a hacer equilibrio entre la bolsa de verduras, el cochecito y la paciencia.
Pero también pasa algo hermoso:
los vendedores se inclinan hacia el bebé, le hacen caras, le regalan una frutita, una sonrisa, una bendición.
Porque en la cultura judía, bendecir a un niño es casi un acto reflejo.
Un “que crezca sano”, un “que tenga buena vida”, un “que traiga alegría”.
Y en el shuk, esas bendiciones vuelan como mariposas.
Criar en Tel Aviv es eso:
caos afuera, ternura adentro.
- Dizengoff: cafés, cochecitos y tribu urbana
Seguimos hacia Dizengoff, esa avenida donde los cafés se llenan de padres jóvenes que intentan, heroicamente, tomar un café caliente antes de que el bebé decida que ya fue suficiente descanso.
Ahí se ve la Tel Aviv moderna, creativa, acelerada.
Pero también se ve algo más profundo:
la tribu.
Madres que se miran entre sí con complicidad.
Padres que intercambian tips sobre chupetes, mamaderas o parques.
Gente que no conocés, pero que te entiende.
Y en esa mirada compartida hay judaísmo también:
la idea de comunidad, de sostén, de que nadie cría solo.
- Neve Tzedek: donde la historia se mezcla con la cuna
Y llegamos a Neve Tzedek, uno de los barrios más antiguos de la ciudad.
Calles angostas, casas bajas, flores en las ventanas.
Ahí, caminar con un bebé es casi poético.
Es imposible no pensar en quienes caminaron esas mismas calles hace cien años, con sus propios hijos en brazos, soñando con un futuro que hoy estamos viviendo.
En Neve Tzedek, la maternidad y la paternidad se sienten parte de una cadena.
Una cadena que el judaísmo siempre recuerda:
Dor vaDor, de generación en generación.
Criar ahí es sentir que uno no empieza de cero.
Que hay historias que nos preceden y que nos sostienen.
- Parques de Tel Aviv: el laboratorio de la infancia
Tel Aviv está llena de parques.
Parques donde los bebés gatean sobre el pasto, donde los padres se sientan en bancos que ya vieron miles de conversaciones, donde los juegos infantiles se convierten en pequeñas aventuras.
Un bebé de un año en un parque es un poema en movimiento.
Se cae, se levanta, se ríe, se frustra, vuelve a intentar.
Y uno aprende a acompañar sin dirigir, a observar sin controlar.
En esos parques, uno entiende que la ciudad también cría.
Que cada árbol, cada sombra, cada banco es parte del proceso.
- Shabat en Tel Aviv: el descanso que sostiene
Y cuando llega el viernes por la tarde, la ciudad baja un cambio.
Las calles se aquietan, los negocios cierran, el sol cae lento sobre el mar.
Es Shabat.
Y para un bebé de un año, Shabat es una fiesta sensorial:
las velas encendidas, el aroma del jalá, las canciones suaves, los brazos que lo alzan.
Para los padres, Shabat es un recordatorio:
que incluso en una ciudad que nunca duerme, hay un momento para respirar.
Para agradecer.
Para mirar a ese pequeño ser y pensar:
“Esto es lo importante.”
Shabat en Tel Aviv es una pausa que no detiene la vida, pero la ilumina



