La Generación Z y la fábrica de los cretinos digitales

Por Naftali Posada

El neurocientífico y ensayista Michel Desmurget plantea en su obra La fábrica de cretinos digitales una advertencia inquietante: nunca antes una generación había estado tan expuesta a las pantallas desde edades tan tempranas, y nunca antes se había entregado tanto tiempo de la vida al consumo pasivo de contenidos digitales.

La llamada Generación Z nació en medio de la revolución tecnológica. Creció con un teléfono en la mano, una pantalla frente a los ojos y una conexión permanente al mundo virtual. Posee acceso instantáneo a una cantidad de información que ninguna generación anterior

pudo imaginar. Sin embargo, Desmurget nos invita a preguntarnos si disponer de más información significa necesariamente poseer más conocimiento.

La paradoja es evidente. Muchos jóvenes pueden navegar con extraordinaria rapidez entre aplicaciones, redes sociales y plataformas digitales, pero encuentran cada vez más difícil sostener una lectura prolongada, concentrarse en una sola tarea o desarrollar una reflexión profunda. El flujo constante de estímulos fragmenta la atención y acostumbra la mente a buscar gratificaciones inmediatas.

La cultura digital también ha transformado la manera de relacionarse. Las amistades se miden en seguidores, los sentimientos se expresan mediante emojis y la aprobación se contabiliza en «me gusta». Aunque la tecnología conecta a millones de personas, no siempre genera vínculos más sólidos. A veces ocurre lo contrario: aumenta la sensación de soledad, ansiedad y comparación permanente.

Sin embargo, sería injusto condenar a toda una generación. La Generación Z posee virtudes admirables. Es creativa, adaptable, emprendedora y capaz de aprender nuevas herramientas con una velocidad sorprendente. Su sensibilidad hacia temas sociales y su capacidad para organizarse globalmente mediante la tecnología son fortalezas reales.

El problema no reside en la tecnología misma, sino en el uso que hacemos de ella. Un cuchillo puede servir para preparar alimento o para causar daño; del mismo modo, las pantallas pueden educar o empobrecer, construir o destruir. La advertencia de Desmurget no es un rechazo al progreso, sino un llamado a recuperar el equilibrio.

Quizás el desafío más importante para esta generación sea redescubrir el valor del silencio de la lectura pausada, de la conversación cara a cara y de la contemplación. Porque una mente constantemente distraída difícilmente puede alcanzar la sabiduría.

Desde una perspectiva más profunda, podríamos decir que el ser humano no fue creado para vivir únicamente conectado a una red digital, sino también a su familia, a su comunidad, a la naturaleza y a su dimensión espiritual. Cuando la pantalla ocupa el lugar del encuentro, de la reflexión y del estudio, algo esencial comienza a perderse.

La reflexión de Desmurget es, en el fondo, una invitación a todos —jóvenes y adultos— a preguntarnos quién gobierna nuestra atención: ¿somos nosotros quienes usamos la tecnología o es la tecnología la que termina utilizándonos a nosotros? Allí reside una de las grandes preguntas de nuestro tiempo.El neurocientífico y ensayista Michel Desmurget plantea en su obra La fábrica de cretinos digitales una advertencia inquietante: nunca antes una generación había estado tan expuesta a las pantallas desde edades tan tempranas, y nunca antes se había entregado tanto tiempo de la vida al consumo pasivo de contenidos digitales.

La llamada Generación Z nació en medio de la revolución tecnológica. Creció con un teléfono en la mano, una pantalla frente a los ojos y una conexión permanente al mundo virtual. Posee acceso instantáneo a una cantidad de información que ninguna generación anterior pudo imaginar. Sin embargo, Desmurget nos invita a preguntarnos si disponer de más información significa necesariamente poseer más conocimiento.

La paradoja es evidente. Muchos jóvenes pueden navegar con extraordinaria rapidez entre aplicaciones, redes sociales y plataformas digitales, pero encuentran cada vez más difícil sostener una lectura prolongada, concentrarse en una sola tarea o desarrollar una reflexión profunda. El flujo constante de estímulos fragmenta la atención y acostumbra la mente a buscar gratificaciones inmediatas.

La cultura digital también ha transformado la manera de relacionarse. Las amistades se miden en seguidores, los sentimientos se expresan mediante emojis y la aprobación se contabiliza en «me gusta». Aunque la tecnología conecta a millones de personas, no siempre genera vínculos más sólidos. A veces ocurre lo contrario: aumenta la sensación de soledad, ansiedad y comparación permanente.

Sin embargo, sería injusto condenar a toda una generación. La Generación Z posee virtudes admirables. Es creativa, adaptable, emprendedora y capaz de aprender nuevas herramientas con una velocidad sorprendente. Su sensibilidad hacia temas sociales y su capacidad para organizarse globalmente mediante la tecnología son fortalezas reales.

El problema no reside en la tecnología misma, sino en el uso que hacemos de ella. Un cuchillo puede servir para preparar alimento o para causar daño; del mismo modo, las pantallas pueden educar o empobrecer, construir o destruir. La advertencia de Desmurget no es un rechazo al progreso, sino un llamado a recuperar el equilibrio.

Quizás el desafío más importante para esta generación sea redescubrir el valor del silencio,

de la lectura pausada, de la conversación cara a cara y de la contemplación. Porque una mente constantemente distraída difícilmente puede alcanzar la sabiduría.

Desde una perspectiva más profunda, podríamos decir que el ser humano no fue creado para vivir únicamente conectado a una red digital, sino también a su familia, a su comunidad, a la naturaleza y a su dimensión espiritual. Cuando la pantalla ocupa el lugar del encuentro, de la reflexión y del estudio, algo esencial comienza a perderse.

La reflexión de Desmurget es, en el fondo, una invitación a todos —jóvenes y adultos— a preguntarnos quién gobierna nuestra atención: ¿somos nosotros quienes usamos la tecnología o es la tecnología la que termina utilizándonos a nosotros? Allí reside una de las grandes preguntas de nuestro tiempo.

Raquel
Raquel

Soy Raquel Anabel Uscalovsky Charlson, periodista integral, realicé especialización en periodismo de espectáculos y deportivo. Además, estudié diseño web entre otras cosas relacionadas con periodismo e informática.

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